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Psicoanálisis en 140 caracteres

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jueves




Por Raúl Courel *


La cuenta infinita del sultán



Las cuestiones económicas son esencialmente sociales, por este solo hecho interesan al psicoanálisis. El fracaso de los gobiernos y los especialistas en prevenir suficientemente la crisis financiera global ha provocado que la gente entrevea, por un instante al menos, que las fortalezas de la economía capitalista podrían no ser eternas. No es necesariamente una desgracia, darse de cara contra la pared a veces lleva a replantearse seriamente hacia dónde se camina en la vida.
No parece, sin embargo, que los conductores de la política y la economía, que son los mismos, estén yendo a fondo en sus análisis. Hasta ahora están concentrados en evitar el descalabro frente el crecimiento de la producción, industrial, agraria, etc. No es el fondo de la cuestión porque, así como el crecimiento indefinido del crédito dio en la debacle financiera, también el de la producción puede acabar en una gran catástrofe. Las ciencias económicas son inmediatamente axiológicas. Desde hace poco más de tres siglos están rígidamente enlazadas al ideal de un crecimiento infinito de las ganancias, que requiere del aumento también infinito de la actividad económica, que demanda, a su vez, de recursos energéticos igualmente infinitos, etc. Es un programa imposible de cumplir. Este es el problema de fondo.
Mejor dicho: el problema de fondo es la desatención al problema de fondo, consecuencia de que las crisis económicas son consideradas como si fueran tsunamis o tornados, que suceden con independencia de las decisiones humanas. La intelligentsia que lidera el Occidente contemporáneo no lee en los hechos su propio desatino, que consiste en dirigirse hacia metas cuyo primer problema no es ser grandes ni lejanas sino inalcanzables.
La demostración es de pura lógica: no es posible llegar a la meta simplemente porque ésta queda siempre más allá, como el horizonte. La insensatez reside, precisamente, en dirigirse hacia el horizonte creyendo que se puede llegar a él. Hace falta una fe temeraria e insensata para eso. Sin embargo, el mundo está lleno de creyentes de semejante fe, que es, además, extremadamente contagiosa. Por eso una inyección de 800 mil millones de dólares en el mercado no es capaz de tirar el precio de esa moneda por el suelo, ni es fácil que alguien deje de creer en ella. El dólar bien puede ser Dios.
Herejía aparte, la craneoteca económica ha introducido la infinitud en el mundo de una manera más contundente que nunca. La distancia que separa las contabilidades financieras de las realidades humanas ha sido convertida en un abismo insuperable. Han bajado a la tierra medidas sobrenaturales, nadie puede experimentar en sí mismo 800 mil millones de nada, salvo como mero número, contándolo, que tampoco puede porque carece de vida suficiente para hacerlo.
El príncipe Al-Waleed, que sólo es el treceavo entre los ricos, no tiene la menor chance de abarcar siquiera con su mirada la lista de cosas que puede comprar con sus apenas 20 mil millones de capital. No hay que sorprenderse, el mundo viene preparándose para esto desde hace mucho tiempo. En el siglo VI, el rey Tamba de Benarés tenía un harén con 16.000 mujeres. ¿Cuántas de ellas habrá llegado a conocer? Los sultanes modernos no tienen tantas, han sustituido muchas por más palacios, automóviles, acciones de bolsa, jugadores de fútbol y otros chiches, pero tampoco llegan a disfrutar más de unas pocas docenas de lo que en cada caso se trate. No es necesario ir tan lejos, los chicos de clase media hoy tienen cinco o diez veces más juguetes que los que realmente les despiertan interés. Criamos pequeños sultanes.
Los 48 mil millones de dólares que tiene Bill Gates muestran que el intento de computarlo todo también tiene aspiraciones de infinitud, pero él, quizás aburrido de no llegar a ninguna parte, ha optado por dedicarse a la beneficencia. Como todavía no vimos los resultados, no sabemos si ésta es distinta de la que practicaban los sultanes de antes, cuyas inquietudes sociales hacían que dedicaran ingentes fortunas a llenar de lujos a las concubinas de sus harenes imaginando que las harían felices. Tal vez no hicieran algo diferente al padre rico de la nena deprimida que le da dinero para que se alegre saliendo de compras, o que nuestros economistas con sus fórmulas para solucionar la actual crisis, todas necesitadas de que la gente se empeñe en ganar y gastar más, sin fin a la vista.
Desde que el matemático Gérard Desargues, en el siglo XVII, demostró la igualdad entre la recta infinita y la circunferencia, es posible colegir que perseguir el horizonte es dar vueltas en redondo. Si el pensamiento económico no ha sido nutrido suficientemente, no se es capaz de razonar, por ejemplo, que el llamado “carácter cíclico de la economía” es solidario de la marcha pertinaz hacia un infinito inalcanzable.
Para la economía actual, de la extensa y polifacética riqueza de actividades de que es capaz el ser humano sólo cuentan aquéllas cuyos valores están atados al incremento de las ganancias. La creatividad, el genio y el talento interesan únicamente en la medida en que se muestran capaces de engrosar cuentas bancarias, sean de algunos o de todo el mundo. El tema no es ajeno a la comedia: el avaro de Molière, al esconder el cofre, mantiene su contenido separado de la vida. Cuando finalmente se logre que las finanzas rebosen de liquidez, se seguirá acopiando mucho más pero con menos estrés. Nada de vida: con lo que se guarda en el cofre no es posible hacer otra cosa que llevar la cuenta, para vivir habría que llegar primero al horizonte

martes






Evolución Bursátil 12/08-12/09




.EEUU


.Brasil


.Argentina






El fin de la Doctrina Monroe

Copyright: Project Syndicate
América latina debería aprovechar este momento de fortaleza diplomática para iniciar un nuevo diálogo con Estados Unidos que apunte a renegociar los términos de la relación

La Doctrina Monroe -que en 1823 proclamó que toda América latina era una zona de exclusivo interés norteamericano- se está marchitando. La globalización y los cambios dinámicos de las economías y la política de sus muchos países le están brindando a América latina la oportunidad de reducir el nivel de dependencia de Estados Unidos y, en consecuencia, de renegociar, en mejores términos, sus relaciones hasta ahora asimétricas con su gran vecino del norte. La creciente integración de América latina con el mundo es el factor clave aquí. China, la potencia en ascenso del mundo, está empeñada en fortalecer su comercio, inversión, ayuda y cooperación con la región. Y Rusia, profundamente insatisfecha con lo que percibe con un trato de segunda clase por parte de Estados Unidos, está regresando a la región tanto con negocios como con ventas de armas. Rusia puede no estar persiguiendo abiertamente una nueva Guerra Fría, pero, al mejorar su posición en América latina, se ve a sí misma poniendo fin a años de implosión y humillación. Las gigantescas ventas de armas del Kremlin a Venezuela, y los ejercicios militares bilaterales realizados allí, así como el restablecimiento de vínculos de seguridad con Cuba, demuestran que Rusia está dispuesta, una vez más, a desafiar la hegemonía norteamericana en el Caribe. Irán, también, se sumó a la partida. Está haciendo un esfuerzo para fortalecer los vínculos con América latina y central, tanto diplomáticamente como a través de políticas energéticas. Ahora tal vez incluya un componente militar en sus acuerdos con Ecuador. Mientras tanto, Europa se ha convertido en la principal fuente de armas para Brasil y Chile, y algunos países de la UE -principalmente Francia- están manifestando un creciente interés en el acuerdo nuclear argentino-brasileño de febrero de 2008 y en profundizar los contactos militares. En 2005, se llevó a cabo la primera cumbre árabe-sudamericana en Brasilia, Brasil, mientras que, en 2006, se realizó la primera cumbre africano-sudamericana en Abuja, Nigeria. Hasta Japón está dedicándole más atención a la región. Por consiguiente, el paisaje tanto político como diplomático en toda América latina ha estado cambiando rápidamente, lo que colocó a Estados Unidos a la defensiva. No se trata solamente de que varios países vieran llegar al poder a partidos de centroizquierda y radicales; con frecuencia se cuestiona, y hasta se desafía, a los líderes y los intereses norteamericanos, no sólo por parte de la Cuba comunista y la Venezuela ‘bolivariana’, sino en casi todas partes en la región.Por caso, Ecuador, a pesar de su economía dolarizada y la dependencia de las exportaciones de petróleo a Estados Unidos, hoy está restringiendo el uso por parte del ejército norteamericano de su Base de Manta. Nicaragua fue el primer país en el hemisferio occidental en reconocer la independencia de Abjazia y Osetia del Sur tras la invasión rusa de Georgia el verano (boreal) pasado. Y el presidente Manuel Zelaya de Honduras reclamó la legalización del consumo de drogas como una medida para poner fin a la violencia relacionada con su producción y comercialización.Hasta los amigos de larga data se dedicaron a fisgonear al Tío Sam. El presidente Fernando Lugo de Paraguay nombró a Alejandro Hamed Franco como ministro de Relaciones Exteriores. Toda América latina y el Caribe están reclamando el fin del embargo norteamericano a Cuba y son entusiastas respecto del regreso de ese país a la Organización de Estados Americanos. Un motivo específico de resentimiento hoy en día es la decisión unilateral de Estados Unidos de reactivar la Quinta Flota de la Marina norteamericana, dedicada a América latina, que había sido desafectada en 1950. Las autoridades civiles en América latina nunca recibieron una explicación apropiada de esta decisión, hoy ampliamente percibida como un acto de agresión. No sorprende que sólo haya servido para generar miedo y un creciente antinorteamericanismo, acelerando una propuesta brasileña de crear una Junta de Defensa sudamericana sin participación estadounidense. Dada esta creciente hostilidad regional, y en vista de la agitación causada por una crisis financiera que nació en Estados Unidos, los gobiernos de toda la región están ansiosos por buscar nuevos socios y mercados como alternativas para Estados Unidos. La paradoja es que un Estados Unidos en crisis hoy necesita a América latina más que nunca.América latina debería aprovechar este momento de fortaleza diplomática para iniciar un nuevo diálogo con Estados Unidos que apunte a renegociar los términos de la relación. El primer paso debe ser el reconocimiento de que la Doctrina Monroe está muerta y no puede revivirse. Aceptar esto será la señal más alentadora que la nueva administración del presidente Barack Obama le puede dar a la región.Copyright: Project Syndicate,

domingo



Nouriel Roubini





" Todavía falta lo peor "





Reseña



El autor analiza la crisis en una secuencia que va del exceso de crédito como causa del crack a su ausencia como razón de Estandeflación , Recesión y Crisis Total .
Propone la expansión gubernamental del crédito a las entidades financieras como solución.


a) Qué pasó?

b) Qué está pasando?

c) Qué pasará ?

d) Solución


a) Qué pasó ? Crisis Mundial , colapso de Burbujas


. - EEUU : Burbujas:
. hipotecas
. tarjetas de crédito
. préstamos automotores
. préstamos para estudios
. productos securitizados
. endeudamiento gobiernos locales
. financiemiento a empresas
. bonos corporativos


.- Resto del Mundo : Burbujas
. inmobiliarias
. commodities
. fondos de inversión
. fondos especulativos


.


.b) Qué está pasando ?

.- Desaparición del Sistema Bancario Paralelo


.


.c) Qué va a Pasar ? : Estandeflación , Recesión , Crisis Total
.- Período 2009 / 10


.- Economía Mundial :
. Probalilidad de Estandeflación en L : 33%
. Probabilidad de Recesión Grave en U : 66%

.- Economías Desarrolladas : Estandeflación

.- Economías Emergentes (BRIC): Estanflación

.- Economías Emergentes : Crisis Financiera Total

.

.d) Solución : Expansión Gubernamental del Crédito a las Entidades Financieras.


.

jueves


La crisis y la teoría económica
No somos todos keynesianos
Guy Sorman
PARIS.- La mayor amenaza contra la recuperación económica es tener poca memoria. Si el presidente Obama o Sarkozy actúan como si la ciencia económica no existiera, o como si no hubiéramos aprendido nada desde 1930, la economía mundial se hundirá más.
Existe un riesgo real de que el nuevo presidente de los EE.UU. sea influido por una vociferante turba de ideólogos estatistas y keynesianos resurgentes. Parece como si los espectros del New Deal se hubieran apoderado del debate político en los EE.UU. Hablan como si su exilio de principios de los 80 se hubiera producido por simples razones partidarias. Pero no fue así. El estatismo y el keynesianismo fueron descartados en todo el mundo simplemente porque habían fracasado.
La expansión económica por medio de la privatización, la desregulación y el libre comercio -un proceso que se inició en 1979 en el Reino Unido durante el gobierno de Margaret Thatcher, siguió en los Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan, y finalmente se extendió en todo el mundo tras la desaparición de la Unión Soviética- no tuvo origen ideológico. Esta nueva economía global y libre, inspirada por los así llamados partidarios de la oferta y monetaristas, fue una respuesta racional a la crisis de 1974-79, engendrada por estatistas y keynesianos. La política de regulación de precios y de "estímulo" económico de la administración Carter habían conducido a los EE.UU. a una depresión. En realidad, Nixon fue quien la inició, con su famosa declaración: "Ahora todos somos keynesianos". Una teoría que generó lo que se llama estanflación, inflación y recesión al mismo tiempo; la herencia del keynesianismo en acción.
El fracaso simultáneo de las políticas keynesianas en los EE.UU., Europa y Japón no sorprendió a los economistas de libre mercado. La defectuosa premisa keynesiana de revivir la economía por medio de la creación artificial de la demanda de consumo ("estímulo") ya había sido puesta en evidencia y cuestionada por los economistas del libre mercado, desde conservadores como Milton Friedman hasta liberales como Edmund Phelps, antes de que esas políticas se aplicaran. Los economistas de libre mercado ya habían explicado que el crecimiento provenía de la oferta. El empresario, mediante el uso de la innovación, crea nuevos mercados, y luego se origina la demanda. No se puede estimular la demanda con subsidios públicos a productos y servicios que primero deben inventarse: no le corresponde al gobierno crear riqueza; sólo puede redistribuir la riqueza existente usando lo que paga un contribuyente para dárselo a otro. Por medio de la inflación, aumentando los salarios nominales, el gobierno también puede crear la ilusión de ayudar a la gente; sin embargo, este regalo muy pronto será pagado con un aumento de precios.
¿Por qué, entonces, el keynesianismo ha demostrado ser tan popular entre los líderes políticos? Por algo que no tiene nada que ver con la economía: el estímulo simplemente le da buen nombre al gobierno, al menos a corto plazo. No obstante, hay que conceder que la intervención estatal puede justificarse por razones morales, por ejemplo, en nombre de la justicia social, o para restablecer la estructura de la sociedad. Pero no puede considerársela fuente de crecimiento.
La política de la oferta, la reducción de impuestos, la desregulación, la competencia, el libre comercio y la globalización han ofrecido al mundo alta tecnología (extraordinario desarrollo de Internet, teléfonos celulares) y una vida mejor.
Esto no implica negar que nos encontremos en medio de una crisis económica. Pero esta crisis debe enfrentarse con los principios de la economía moderna. ¿La crisis actual es la consecuencia de los excesos del libre mercado, de la ceguera ideológica y de la falta de regulación estatal? ¿Cómo explicamos entonces los 25 años anteriores de prosperidad económica? Casi todos los economistas partidarios del libre mercado coinciden ahora en que los mercados sólo funcionan bien dentro de los límites impuestos por instituciones sólidas y predecibles; cuando no es así, el crecimiento es lento o aparecen las burbujas especulativas. Por otro lado, la economía conductista acepta que los individuos no siempre actúan racionalmente; las pasiones nos llevan a hacer elecciones económicas absurdas. Pero reconocer la necesidad de instituciones y tener en cuenta las impredecibles acciones de los individuos no significa que el control estatal sea indispensable. Los gobiernos tienden a ser aún más impredecibles que los mercados, y tampoco son menos proclives a dejarse llevar por las pasiones. Los gobiernos eligen ir a la guerra, por ejemplo, y los individuos, no.
Paul Krugman ganó un Premio Nobel por sus primeros trabajos sobre el libre comercio, pero ha empezado a argumentar que los EE.UU. deberían reemplazar una economía guiada por la codicia (léase: el mercado) por una economía basada en la moralidad (léase: el gobierno). Pero desde David Hume se ha demostrado una y otra vez que una sociedad moral se basa en la libertad individual. Concederle al gobierno autoridad para imponer moralidad es malo desde lo económico y niega las premisas básicas de todas las sociedades libres.
Los bancos hipotecarios estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac, instituciones que regulaban el mercado inmobiliario estadounidense, que no eran públicos ni privados (el peor caso posible, ya que la responsabilidad no queda en claro), eran impredecibles y poco confiables. La pasión contribuyó a crear una burbuja mundial debido al contagio de la mala información: los precios de la vivienda sólo podían subir, se decía. Así, para reparar el mercado, lo que hoy se necesita no es una mayor regulación, sino un mercado mejor gracias a la transparencia. No se debería permitir ninguna transacción inmobiliaria en la que el comprador no dispusiera de toda la información y de asesoramiento financiero acerca de las consecuencias de su compra.
Una autoridad que evalúe la seguridad financiera de los productos debería imponer criterios informativos estándares similares a los que rigen la información de las etiquetas de los alimentos envasados. En teoría el camino más corto hacia la recuperación sería dejar que el mercado mismo se ajustara, pero en una democracia, donde la opinión pública pesa, mantenerse a un lado no es una solución legítima. Las consecuencias sociales de adoptar una actitud de laissez-faire radical podrían hacer que gran parte de la nación se volviera en contra del capitalismo.
Por lo tanto, el deber del gobierno es salvar al capitalismo, la mejor herramienta económica que tenemos, incluso por medio de medidas no capitalistas: Keynes ya lo sabía en la década de 1930. Nunca pretendió destruir el capitalismo, sino salvarlo de los capitalistas dando participación al gobierno. Pero reaccionar excesivamente ante una crisis puede ser tan peligroso como no hacer nada. La nueva cultura del rescate podría estimular el riesgo moral y socavar el espíritu emprendedor, tal como lo hizo la sindicalización en los 30. Parece menos destructivo rescatar a los individuos en mala situación, los que corren peligro de perder su vivienda o su empleo, que rescatar a industrias enteras.
Al escuchar las promesas de Barack Obama, y teniendo en cuenta la codicia de sus aliados keynesianos, sólo podemos esperar que el presidente electo rechace sus peores consejos. Los errores y desequilibrios no podrán evitarse absolutamente, pero la economía se recuperará si se preservan los verdaderos motores del crecimiento futuro: el espíritu emprendedor, la innovación, la solidez de las instituciones públicas, la libre circulación de la información y el libre comercio. Si la economía de Obama no impide que los innovadores accedan al mercado, las nuevas tecnologías y productos que aún no conocemos y que en este momento están en proceso de creación y que son el Microsoft del mañana, y no las viejas industrias rescatadas, como la de los autos, darán forma a nuestro futuro.

Ante el desafío de volver a crecer sin burbujas
Paul Krugman -The New York Times


NUEVA YORK.- Haga lo que haga el próximo gobierno de Estados Unidos, nos esperan meses, quizás incluso un año, de infierno económico. Pasado ese tiempo, y a medida que cobre impulso el plan de estímulo del presidente Barack Obama -de acuerdo, me dicen que ahora el término políticamente correcto es "plan de recuperación económica"-, las cosas deberían mejorar. Hacia fines del año que viene la economía debería comenzar a estabilizarse, y en cuanto a 2010 soy bastante optimista.
¿Pero después de eso qué? En este momento todos hablan de dos años de estímulo económico, lo que resulta sensato como horizonte de planificación. Sin embargo, la mayoría de la gente parece asumir que con eso alcanza y que una vez que la inyección de gasto público logre sanear la economía todo volverá rápidamente a ser como era.
De hecho, la realidad es que las cosas no pueden volver a ser como eran antes, y espero que la gente de Obama lo entienda. La prosperidad de hace unos años, con sus enormes ganancias y salarios no tan enormes, dependía de una gigantesca burbuja inmobiliaria que vino a reemplazar a la anterior burbuja del mercado de capitales. Y como la burbuja inmobiliaria no va a volver, tampoco volverá el nivel de gasto que sostuvo a la economía en los años que precedieron a la crisis.
Para ser más específico: tarde o temprano, el derrumbe del mercado inmobiliario que hoy vivimos llegará a su fin, pero el inmenso boom de la vivienda de la era Bush no se repetirá. Llegado el momento, los consumidores recuperarán en parte la confianza, pero ya no gastarán como lo hicieron entre 2005 y 2007, una época en la que muchos usaban sus casas como si fuesen cajeros automáticos y los índices de ahorro cayeron hasta rozar el cero.
¿Cuál será entonces el sustento de la economía si los consumidores cautelosos y los constructores de capa caída no están en condiciones de hacerlo? Hace unos meses, un titular del periódico satírico The Onion ofrecía una posible alternativa: "País asolado por la recesión busca nueva burbuja en la que invertir". Podría aparecer algo nuevo que incentive la demanda privada y genere quizás un boom de inversiones.
Pero para llenar el agujero dejado por la retracción del consumo y la construcción tendría que ser una burbuja enorme, que logre elevar el porcentaje de inversión privada del PBI a niveles históricos. Y si bien es algo que puede suceder, no parece ser algo con lo que se pueda contar.
Un camino más viable hacia la recuperación sustentable sería una drástica reducción del déficit comercial de Estados Unidos, que creció a medida que se inflaba la burbuja inmobiliaria. Si vendiéramos más a otros países y gastáramos un porcentaje mayor de nuestros ingresos en productos de origen norteamericano, podríamos alcanzar el pleno empleo sin necesidad de un boom basado en el consumo o la inversión.
Pero es probable que pase mucho tiempo antes de que el déficit comercial disminuya lo suficiente para compensar el estallido de la burbuja inmobiliaria. La razón es que las exportaciones, después de varios años de crecimiento, se han estancado, en parte debido a la inquietud de los inversores internacionales, que se abalanzaron sobre los activos todavía considerados confiables e hicieron subir el precio del dólar respecto de otras monedas, con la consecuente pérdida de competitividad de los productos norteamericanos.
Además, aunque el dólar vuelva a bajar, ¿qué sector productivo tendría la capacidad de generar un vuelco en la balanza comercial? A pesar del aumento del intercambio de servicios, el comercio mundial sigue siendo mayoritariamente de mercancías, y después de largos años de olvido y desatención, la industria manufacturera de Estados Unidos ha quedado rezagada.
De todas maneras, es probable que el resto del mundo no esté preparado para soportar una disminución drástica del déficit comercial norteamericano. El proceso hasta lograr que nuestra economía pueda prosperar sin ayuda fiscal será arduo y extenuante.
En este momento, con la economía en caída libre y todo el mundo aterrado por la Gran Depresión 2.0, quienes se oponen a una fuerte y decidida intervención federal no logran muchas adhesiones. Pero no bien la economía repunte, la nueva administración recibirá muchas presiones para que vuelva atrás y abandone las muletas económicas. Y si el gobierno cede demasiado rápido, podría repetirse el error cometido por Franklin D. Roosevelt en 1937, cuando recortó el gasto, aumentó los impuestos y contribuyó a sumir a Estados Unidos en una grave recesión.
Para que la economía de Estados Unidos esté lista para vivir sin burbujas falta más tiempo que el que la gente cree. Hasta entonces, la economía necesitará de mucha ayuda del gobierno.